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«Las terribles condiciones de las prisiones en AL», un artículo de Denise Tomasini-Joshi |
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En Honduras, los legisladores aumentan penas «para todos los niveles de delincuencia», los jueces «niegan libertad bajo fianza, incluso para acusados de bajo riesgo» y la policía privilegia un enfoque mediante el cual «se llena las cárceles con personas, en su mayoría, acusadas por delitos menores». ¿El costo? Cárceles sobrepobladas y hacinadas, con 13 mil presos en espacios donde no debería haber más de 8 mil, y «personas que [en su mayoría] no deberían estar allí».
A propósito de la tragedia en el penal de Comayagua [febrero 15, 2012], Denise Tomasini-Joshi, oficial legal de la Campaña Global por la Justicia Previa al Juicio de Open Society Justice Initiative, se ocupa de analizar este fenómeno que «desafortunadamente se repite con algunas variaciones en otras partes de América Latina», en «Appalling conditions in Latin America’s prisons» [The Miami Herald, febrero 20, 2012].
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«Ayer Apodaca, mañana cualquier otro» |
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Carlos Puig*
Hay un cuarto de millón de mexicanos recluidos en prisión.
231 mil 510, para ser exactos, según cifras del Sistema Nacional de Seguridad Pública a octubre de 2011. Nunca tantos mexicanos han estado tras las rejas.
En esa misma fecha, la infraestructura carcelaria del país era de 186 mil 176 personas. Es decir que la sobrepoblación es de 24 por ciento. Hay 45 mil internos que no caben, que se amontonan todos los días y sus noches. 24 por ciento es un promedio. En Apodaca, nos informaron ayer, la sobrepoblación era de 60%. En el Distrito Federal es de 80%.
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«América Latina y el Auto de Fe Penal» |
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Ina Zoon*
Una columna de la BBC esta semana empieza refiriendo que a las puertas de Comayagua “hay una leyenda: ‘Hágase justicia aunque el mundo perezca’. Los familiares de los más de 350 internos muertos en el incendio del martes no podrían estar más de acuerdo”.
Los familiares esperan justicia. Al menos la mitad de los presos muertos esperaba justicia —o al menos la oportunidad de comparecer ante un juez—. Las organizaciones de derechos humanos esperan justicia. Hay rabia, dolor e impotencia a las puertas de Comayagua.
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«¿Seguro que los periodistas no matamos?» |
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Marco Lara Klahr*
Una sociedad despiadada genera medios y periodistas despiadados. Esto no nos exime de responsabilidad, sino que contextualiza nuestra función ante la comunidad como proveedores de información noticiosa a su imagen y semejanza.
Si como periodistas repetimos que nosotros «no producimos los hechos, solo los damos a conocer; no matamos, solo informamos sobre muertos», nuestro problema no es nada más de honestidad, también de transparencia: como magos, pretendemos que el público, fascinando con el acto, es incapaz de comprender el truco y hasta que hay truco.
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